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Sociabilidad y función del baño público

El baño no es un lugar donde pueda practicarse el sexo. Hombres y mujeres acuden por separado y en días diferentes, tal y como establece un fuero de Jaime I: "ni los homes se banyen en los mateixos banys los dies que.s banyen les dones". Con todo, las disposiciones reflejan, en cierto modo, realidades a erradicar. Así, en 1324, Jaime II es advertido de que algunos habitantes de Valencia penetran violentamente en los establecimientos cuando hay mujeres, por lo que ordena al Justicia Real que se impida entrar en los baños de esta ciudad a los hombres que rebasan la infancia durante las horas en que se bañan las mujeres. El documento no habla, pues, de abusos sexuales –no se precisa que las mujeres sean forzadas– y sólo parece aludir a un conflicto por el límite de edad de los hijos varones que pueden acceder con sus madres –como sucede en el mundo musulmán– aunque el peligro de desórdenes es evidente. Los fueros de Usagre (1267-75) y Cáceres (1267-69) multan con un maravedí al hombre o mujer que entre en el baño durante los días reservados para el otro sexo, sin mayor consideración. Ahora bien, Ruíz-Moreno señala que, según los fueros de Cuenca (1190), Iznatoraf (1190) y Zorita de los Canes (1180), "no sufría ninguna pena el hombre que violaba a una mujer en el baño si ésta había penetrado en los días fijados para los hombres. En cambio, el hombre que violaba a una mujer en los días reservados para las mujeres, sufría la pena de muerte".

En definitiva, el baño ofrece serias posibilidades de transgresión de las normas sociales en materia de sexualidad, así como de agresión a la honorabilidad femenina. Todo esto tiene mucho de desestabilizador, ya que, como observa R. Narbona, los grupos objetivamente susceptibles de tales desahogos pertenecen a las capas más bajas de la sociedad. Por este motivo las ocasiones se evitarán de forma drástica y, al parecer, eficaz.

Da la sensación de que el usuario rara vez acude o permanece solitario en el baño, aunque en este aspecto puede haber claras diferencias entre hombres y mujeres. De los primeros nos falta información, aunque conocemos el caso de los vecinos del Alcoi del siglo XIII, que se reúnen para conversar y discutir sus asuntos en un baño cerca de la villa. Las mujeres, por su parte, se hacen acompañar de niños y sirvientes, asistencia que es regulada por diversos fueros, como el de Tortosa. La edad de los niños de sexo masculino que pueden acompañar a sus madres viene marcada por su etapa impúber, tras la cual, como hemos visto, deben acudir en los días fijados a los hombres. En el mundo islámico, supone para el adolescente un acto de gran trascendencia, como rito iniciador en la masculinidad, la primera vez que acude al baño con los hombres.

Ni los niños ni los sirvientes pagan entrada. Estos últimos ayudan a sus amos trayendo cubos, echándoles agua, friccionándoles. El recurso a sirvientes –de sexo femenino– parece, no obstante, cosa más habitual entre las mujeres.

La documentación conocida muestra que era bastante normal que los bañistas trajesen consigo los utensilios necesarios para el baño, reduciendo prácticamente sólo a los cubos el mobiliario propio de la casa de baños.

Un incidente acaecido en un baño de Valencia a fines del siglo XIV nos sirve para ofrecer un vivo cuadro de lo que podía representar para un grupo de mujeres la asistencia al baño público: con quién iban, qué hacían y cómo lo hacían, más el interés adicional del conflicto suscitado. Se trata del caso del Bany d'En Suau o del Mercat, del cual conservamos el proceso que generó ante el Justicia Criminal. La causa se inició algunos días después de los hechos, el 15 de octubre de 1397, y se prolongó, al menos, hasta el 18 de febrero de 1398. Merece que la tratemos en extenso. A partir de las declaraciones de Joan Suau y Tomasa de Montpaó intentaremos reconstruir lo sucedido.

Los hechos transcurren un sábado –víspera de la festividad dominical– de otoño, a mediados de octubre. Ese día Tomasa, esposa de un herrero llamado Gil de Montpaó, acude al baño de En Suau acompañada de otras mujeres: "vengueren al dit bany per banyar-se, segons és acostumat". La pequeña comitiva la forman, además de Tomasa, su hija, su cuñada –esposa de Garcia de Montpaó– y una sirvienta mora de ésta.

Según Joan Suau, la mencionada Tomasa, "contra forma e manera acostumada fer en bany" fue con muchos paños de diversas medidas y en gran cantidad, "en manera de draps de bugada" y, colocándose en medio de las otras mujeres que se hallaban en el interior del baño, cogió los paños y se puso a lavarlos, tomando a placer el agua fría y el agua caliente, según le convenía para su tarea y contra la voluntad de las bañistas presentes:

"pres los dits draps e, en mig de les altres dones que aquí eren per banyar-se en lo dit bany, contra voluntat de les dites dones, prenien l'aygua calda et freda segons que les plahia e, per manera de lavar draps de bugada, lavava los dits draps dins lo dit bany, en loch no acostumat e on jamés aytals coses no.s fa ni s'acostumave fer".

Las otras mujeres, ante la falta de abastecimiento, "la fretura que passaven de la aygua", llamaron a una tal Elena, sirvienta del baño y esclava de Joan Suau, para que las atendiera debidamente, "que.ls donàs recapte quom calia", bajo la amenaza de abandonar el establecimiento.

En la defensa de Tomasa los hechos se plantean de forma muy diferente, cuando no opuesta. Ella y sus acompañantes –dice– "anaven al bany qui.s s'apella lo Bay del Mercat... per banyar-se simplement". Una vez acomodadas en el interior del establecimiento, Tomasa habría utilizado directamente los servicios de la sierva musulmana de su cuñada para aprovisionarla de agua. Primero un cubo de agua caliente, donde admite haber puesto ropa en remojo, luego una artesa con agua fría para mezclar con la caliente: "la mora... li portà a ella, dita Na Thomasa, un poal ple d'aygua calda e posà-lo.y de ropa. E en aprés, ab una arteça, aportà-li aygua freda per temperar la calda".

Según la demanda de Joan Suau, Elena, "fembra bona e de bona condició", dijo muy educadamente a Tomasa las palabras siguientes: "Madona, per amor de Déu, no façats tant dan que vos vullats lavar tants draps en lo bany, que ja són tants com d'una bugada, e en lo bany no es acostuma de lavar tants ni aytals draps", lo que indica que lavar un poco de ropa, por el contrario, no era nada anormal en el baño público.

Por lo demás, la versión de Tomasa vuelve a diferir substancialmente. Elena habría acudido al lugar donde se hallaba esta mujer y, "fort vituperosament", tomado el cubo de agua que Tomasa tenía para sus necesidades con la intención de llevárselo. Tomasa, por su parte, sin saber que Elena era esclava, le habría dicho "fort simplement" que dejase el cubo, "qu.ella los havia feyt venir e havia feyt temperar l'aygua".

Joan Suau admite que tiene en el baño a sus esclavas "catives" para "servitut del dit bany". Entre ellas, Elena, una tártara que Suau ha destinado a "provehir les persones vinents aquí per bayar-se". Este personaje declara, también, que la cautiva ganaba diariamente cuatro sueldos "fahent ses fahenes, lícites e honestes, en lo dit bany com en altres parts". Asimismo, siempre según Suau, ante las correctas peticiones de Elena, Tomasa habría reaccionado arrojándola al suelo con un gran empujón, de forma que al caer se habría golpeado contra un banco, sin poderse levantar luego:

"en gran dan, menyspreu e injúria del damunt dit en Johan Suau, senyor de la dita Elena, cativa e serva, induhida maligne e diabolical... pres la dita Elena... e gità en terra, donà en aquella tal en tan gran empenta que la dita cativa pres gran colp de la sua persona... que cayguda donà en son banch, no.s poch levar si fora levador, tant fon lo colp, mal e cruel, si altra no la hagués levada".

Añade Joan Suau que, a causa de los golpes recibidos, su sierva tártara se halla en peligro de muerte y que si logra sobrevivir será "tots temps de sa vida alesiada e asellada", llegando a sugerir una compensación pecuniaria por el perjuicio que este hecho va a causarle, acorde a las expectativas de la vida que considera propias de los tártaros, esto es, unos cien años.

Como hemos visto, la explicación de Tomasa difiere radicalmente. Elena habría tratado de llevarse su cubo con malos modos y, ante su justa y mesurada protesta, la esclava de Suau habría reaccionado gritando a Tomasa "¡na vil puta baguasa, vos tendreu lo meu poal!", quitándole de un tirón el cubo y golpeándola con el mismo en la cabeza: "e donà tan gran tirada que lo dit poal tolch a la dita Na Thomasa, e ab lo dit poal donà e ferí a la dita Na Thomasa un gran colp en lo cap, que al poch no la mata".

Inmediatamente, las restantes mujeres que había en el baño "e en la dita casa eren" habrían aconsejado a Tomasa que abandonase el lugar con rapidez: "¡Madona, exits-vos del bany guardant-vos no us mate, exits-vos-e tost!" Y ésta, muy cuidadosamente, "per pahor de la dita que.s diu sclava, se isqué de la dita casa calda e anàse'n a la roba per vestir-se, sens que no.s banyà". Pero no termina aquí la presunta agresión, ya que la esclava de Suau, según Tomasa, la habría seguido, quitándole las ropas cuando iba a vestirse para arrojarlas por el baño, blasfemando e insultándola. Luego, Elena habría acometido a Tomasa, golpeándola con la cabeza en el vientre y arañándole los senos hasta que la agredida habría logrado zafarse y huir:

"la dita que.s diu sclava, no contenta de ço que feyt havia... vench detràs la dita Na Thomasa e, fort vituperosament, li pres les robes de vestir, les quals aquella se volia vestir per anar-se'n per paor de la dita que.s diu sclava que mal no li fes, e lançà-les per lo bany flastonant e dient mal a la dita Na Thomasa. E de açò és fama. Item diu... que encara, afegint mal a mals, la dita que.s diu sclava se lexà anar a la dita Na Thomasa e ab lo cap li donà tan gran colp al ventre e la rapà totes les mamelles e los pits, e l'agra morta sens dubte si no que aquella se n'isqué fort cuytadament del dit bany, e almens de aquella on era".

Para finalizar el cuadro, Tomasa explica las contusiones que sufre Elena como resultado de un acto de autolesión. Afrentada por no haber podido consumar la agresión a Tomasa, la esclava se habría golpeado a sí misma contra el suelo enlosado del baño: "per onta, com no poch matar o consumar a la dita Na Thomasa, fort maliciosament se gità en terra en en les loses del dit bany e donà grans colps a sí matexa". Tomasa, por supuesto, se considera una mujer "de bona fama e conversació". De Elena afirma que es "difamadora, superbiosa, desenrívol", que "ha acostumats de fer semblants crims e majors" y que, por sus maldades, ya ha sido vendida varias veces.

En definitiva, el caso del Bany d'En Suau ofrece un gran interés, en primer lugar, para reconstruir el ambiente del establecimiento:

- Existe un servicio de agua caliente y de agua fría a disposición de los bañistas, según su necesidad.
- Parece bastante claro que las mujeres permanecen sentadas o recostadas en bancos mientras realizan la práctica del baño.
- El agua caliente se sirve en un cubo a las bañistas, luego se atempera con el agua fría que se trae en una artesa.
- Se distingue bien una estancia llamada "casa calda" y un vestíbulo.
- El baño se halla total o parcialmente pavimentado con losas.

En segundo lugar, es importante para discernir lo que se consideraba normal entre los usuarios del baño. Entre otros, el hecho de que la protagonista y sus acompañantes acostumbren a ir los sábados: convierten el baño en un acto rutinario de limpieza corporal ante la festividad del domingo. Por otra parte, es destacable la patente necesidad de sirvientas, las particulares y las propias del baño, para la constante provisión de agua demandada por las clientas, de forma que el exceso de las demandas de Tomasa perturba el buen servicio de las restantes mujeres. Y no menos importante es la detección de la costumbre de realizar una pequeña colada con la ropa sucia en el interior del baño: el acto de Tomasa sólo representa un abuso exagerado de esta costumbre, que tiene asimismo un carácter rutinario.

Sin duda el texto más esgrimido en publicaciones españolas sobre baños medievales es el del poeta Jaume Roig cuando describe, en un pasaje de su Espill, las visitas nocturnas que la esposa del protagonista realiza a dos baños de la ciudad de Valencia. Ambos baños están documentados: uno es el d'En Sanou, en la parroquia de Sant Llorenç. Por feliz coincidencia el otro resulta ser el Bany d'En Suau, el mismo donde Tomasa y Elena protagonizan el inicidente que acabamos de comentar. Esta circunstancia nos permite advertir un claro contraste entre dos percepciones muy diferentes del ejercicio del baño.

En realidad, la práctica balnearia no interesa en lo más mínimo al poeta, aunque luego pone en boca de la protagonista recriminaciones a su marido por no reconocer el "color", la "tendror", la "olor" y "la pell tan suau" que ha adquirido con la misma. Esta práctica, por otra parte, no se restringe al baño estricto: una vez en la casa, ella y sus acompañantes, tras desnudarse –lo que indica que los hechos deben desarrollarse en la sala tibia, en el clímax adecuado de humedad y calor, con amplitud de espacio– despliegan, sin duda para no resbalar en las losas, alfombras ("tapits") sobre las cuales bailan, juegan dando saltos y se hacen servir comidas, bebidas y confituras refinadas. Se maquillan y perfuman con "pegats de llambre, benjuí, ambre, aigües i almesc" de alto precio. Así, los efectos de la visita al baño no parecen deberse –exclusivamente al menos– al beneficioso efecto del agua. Como ha notado P. Iradiel, la "tendror" nos remite a un contexto de afeites y cosméticos, la "olor" a un uso de esencias, bálsamos y prácticas sofisticadas de perfumería.

El embellecimiento femenino constituye una de las funciones del baño, aunque de forma subsidiaria. El apólogo del Libro de los Engaños de las malas mujeres (inicios del siglo XIV) confirma que la primera operación de toda mujer que se sometía a la técnica del embellecimiento era el baño. El mismo baño era lugar de aplicación de afeites. En el tratado De ornatu mulierum, Arnau de Vilanova recomienda pasar por el baño antes de someterse a depilación y teñido de cabellos.

Por otra parte, Iradiel ha señalado también la función festiva que, simultáneamente, adquiere la práctica del baño, acompañada de una expansión lúdica del cuerpo. Pero no ha dejado de observar que la frecuencia de estas expansiones "augmenta a mesura que es puja de les classes populars a les classes superiors". El contraste entre Tomasa y la mujer de l'Espill es muy claro. La imagen de las mujeres lavando ropa en las artesas, entre un ajetreado tráfico de cubos de agua, resulta de una espantosa vulgaridad si la comparamos con la refinada fiesta nocturna que, supuestamente, ocurre en el mismo baño. Debe acogerse, pues, con gran prudencia la idea de Vigarello que considera el baño medieval como un lugar de regocijo y festines, en un ambiente de liberalidad que nos hace recordar los versos de Jaume Roig. Pero las fuentes que maneja este autor son exclusivamente literarias y, además, exteriores al área geográfica del hammâm.

Quizá quepa hablar de un uso diferencial del baño público. Por un lado, el de las clases acomodadas, con un fuerte componente de divertimento; por otro, el de las clases populares, más orientado a las necesidades y rutinas de la higiene práctica: "banyar-se simplement". El primero tiene, obviamente, un mayor reflejo en las fuentes literarias de la época, que deben ser tomadas con precaución y debidamente contrastadas.

Menos crédito merece aun, como ya hemos señalado, la equiparación de los baños públicos a "casas de placer" o burdeles más o menos encubiertos. La literatura medieval francesa nos muestra, ciertamente, el baño como lugar de encuentro de amantes, que se acomodan en lugares reservados, pero tales lugares no existen en el hammâm, donde los ambientes de las tres salas por las que pasa el bañista no se hallan compartimentados. En el hammâm tampoco hay tinas de inmersión donde hombres y mujeres puedan compartir el disfrute del agua, tal y como nos muestra cierta iconografía bajomedieval. Las vaguedades sobre "placeres sensuales", en las que llega a incurrir el mismo Sanchis Sivera, difícilmente responden a la ordinaria realidad del baño público conocido en la península ibérica.

Lo que nos queda, pues, respecto a la función real del baño, aparte de su inevitable dimensión de sociabilidad, no es sino el ejercicio de una sofisticada higiene práctica. Ya en el siglo XII una leyenda referida por Aymeric Picaud muestra a un campesino de Navarra acudir a un baño "sarraceno" después de pasarse el día trillando en la era. En el otro extremo del arco temporal en el que nos movemos, en 1567, vale la pena recordar el buen sentido manifestado por el morisco notable granadino Francisco Muley Núñez ante la pragmática de Felipe II por la que pretendía, entre otras cosas, suprimir el uso de los baños:

"Formáronse los baños para limpieza de los cuerpos, y decir que se juntan allí las mujeres con los hombres es cosa de no creer, porque donde acuden tantos, nada habría secreto: otras ocasiones de visitas tienen para poderse juntar, quanto más que no entran hombres donde ellas están...".

Las palabras atribuidas a Hernando de Válor, relativas al mismo asunto, constituyen otro valioso y expresivo testimonio en este sentido: "Vivirán nuestras mugeres sin baños, introducción de tantos años; veránlas en sus casas tristes, suzias, enfermas, donde tenían la limpieça por contentamiento y por sanidad".

Aunque su utilización era aún importante en el primer tercio del siglo XVI, en la época de Felipe II los baños públicos eran ya unos establecimientos escasos, poco frecuentados y peor considerados. El factor epidémico y la moral de la contrarreforma, con su repugnancia al desnudo, concurren en el descrédito de la práctica balnearia. No cabe pensar, desde luego, en una incidencia seria de les epidemias de peste, ya que la aparición de éstas y sus episodios más mortíferos son dos siglos anteriores. Mayor efecto debió tener el temor a la sífilis traída de América. A esta causa atribuía Lucio Marineo Sículo la desaparición de los baños de Toledo hacia 1530: "de poco tiempo acá se han perdido porque la gente no osaba entrar en ellos de temor que se bañaban allí los que estaban enfermos de las buvas". Sin embargo, la pervivencia de establecimientos balnearios del tipo hammâm en ciudades como Sevilla y Valencia hasta entrado el siglo XVII obliga a matizar la incidencia de la sífilis, cuya aparición, no obstante, debió contribuir a acelerar o a consumar los cierres en varias ciudades.

Las clases acomodadas dejan de acudir al baño y desaparecen las referencias a los usos festivos en tales establecimientos. La alternativa será, como señala Vigarello, una higiene de la ropa, basada en el lavado frecuente de las prendas, en el cambio diario de camisa y las friegas con lociones y perfumes. Debe advertirse que esta pretendida higiene de la muda diaria y los aromas se hace menos factible conforme descendemos en la escala social.

La localización de los baños valencianos en activo durante los siglos XVI y XVII, empezando por el propio Bany del Carreró, más tarde llamado "del Almirant", nos remite a una topografía relativamente marginal, apartada de las mejores zonas de la ciudad. Quedan cinco o seis baños arrinconados en callejones (los del Carreró y la Corona), en zonas de paso de transeúntes que entran y salen de Valencia (los de Sant Llorenç y les Torres) o de estudiantes (Bany de l'Estudi). De este último dice José Vicente Olmo en su Lithologia de 1653: "Y no ha muchos días que se ha advertido por indecente en esta ciudad, y de grande inconveniente el baño que está junto a las paredes de la Universidad, y enfrente del mayor santuario del orbe, el Colegio de Corpus Christi".

Podemos terminar, en fin, con unos versos de Jaume Orts, de la valenciana Academia de Nocturnos (fines del siglo XVI), recogidos por Rubió, que constituyen buena muestra de la consideración de que gozan los baños en el ambiente literario de la época:

"Tírenle con escopeta
al maridillo sin ser
que le dice a su mujer:
ay, anau al bany, manyeta
Cuando la mujer se inclina
a semejante contento,
bañadla en vuestro aposento
con un paño de resina.
Y si quiere más regalo
y no está blanda con ello,
echadle fuego al cabello
y curtidla con un palo.."